Cuando era pequeña y salía de la ducha, mi madre no me envolvía en la toalla, me restregaba con ella. Yo quería quedarme quieta, agazapada, hacerme de piedra bajo la toalla. Pero mi madre me frotaba como si el agua más que mojar, manchara. “Te vas a enfriar” era su amenaza si me oponía al restregón. Pero tenía razón. Si no me frotaba, el agua, que hacía un instante resbalaba caliente cuerpo abajo, se volvía gota cruda y aminoraba la marcha. Al final se quedaba quieta, la gota, la muy puta, como piedra fría agazapada entre los pliegues de mi piel, haciéndose, haciéndome hielo bajo la toalla. Hoy he salido de la ducha y me he acordado de mi madre. Y de lo alta que era ella cuando yo era pequeña. Y de lo cortas que me vienen ahora todas las malditas toallas.