Cojo un vaso y sirvo hielo, ginebra y tónica. Me siento a la  mesa y bebo. Pongo música. Bebo. No sé cantar, así que bailo. Bailo como si la vecina de enfrente no pudiera verme desde su ventana. Bailo como si el salón de mi casa no midiera lo mismo que un rincón en el salón de la tuya. Sigo bebiendo. Y bailando. Llaman al timbre. Son ellos. He preparado una fiesta. Nada del otro mundo. Nos emborrachamos muy rápido. Y cantamos. Cantamos como si la vecina de enfrente no pudiera oírnos desde su ventana. No celebramos nada pero brindamos. No podemos esperar a tener algo que celebrar. Quizá los despidos, las separaciones y el frío que todavía no han sido pero que serán. Y la resaca, la resaca de mañana. Sí, eso hacemos: brindar.