Una vez quise comprar acciones y acabé vendiendo las que tenía. Aquello fue una equivocación, yo nunca tomo decisiones alocadamente. Tampoco tomo decisiones locas. A lo mejor, y solo a lo mejor, nunca he tomado una decisión. Me imagino sentándome a la mesa de la cocina, que es donde se toman las decisiones importantes de la vida —”Qué vamos a cenar hoy” y “Anthony, quiero el divorcio”— y pensar en cuán desgraciada soy ya, mientras sujeto con ambas manos una taza humeante. Tomar una decisión basada en el nivel de desgraciamiento vital que acarreará A. Tomar una decisión basada en el nivel de esfuerzo que me requerirá B. Ciertamente solo podré conjeturar pero, maldita sea, estoy en la cocina, estoy sentada y tengo una taza humeante y quemaduras de tercer grado en las manos. Mi postura es suficientemente grave y dramática como para tomar una decisión y hacerla memorable. Así, el día en el que descubra las consecuencias terribles de mi decisión, será fácil recordar que esa noche fui yo la que dejó a Anthony, que esa noche fui yo la que cenó croquetas de jamón.