“Concha, el poder de la mente. El poder de la mente”. En eso insistía una señora por teléfono. La oí porque la tenía sentada al lado. Por su tono de voz la hubiera escuchado sentada en cualquier otro asiento de cualquier otro vagón de cualquier otro metro. La señora tenía el aspecto y el tono de voz que tienen las señoras que van a trabajar en domingo: FUERTECITO. La escuché atenta. Si ella, que trabaja en festivo, confía en el poder de la mente como antídoto para combatir las penas, entonces yo también confío en ella.