El tren corto acababa de entrar en la estación Puerta del Sur, la de los suelos brillantes y los andenes faraónicos. Corrimos escaleras abajo yo y todos los que hacíamos trasbordo entre la línea 10 y Madrid Sur. El siguiente tren llegaría tras la friolera de 5 minutos. Corrimos como insensatos. Corrimos por encima de nuestras posibilidades. Corrimos como si al cerrarse las puertas de aquel tren con nosotros dentro, fuera a aparecer un masajista tailandés y un azafato de Nespresso con una taza de café. El caso es que llegamos. Lo conseguimos. Incluido un joven gordo, gordísimo, que, jadeante como solo jadearía un gordo después de correr así, recuperó un mínimo de aliento para disculparse consigo mismo y un poco también con todos los que íbamos en el tren: “A mí lo que me va a matar no es estar gordo. A mí lo que me va a matar son estas carreras”. Me gustaría decir que después de eso cayó desplomado, aplastando al masajista y al azafato. Pero la verdad es que aquel gordo sobrevivió a la carrera. Y nosotros con él.