Acabo de terminar Instrumental, de James Rhodes. Tiene hojas y tapas duras. Y la ilustración de portada es muy bonita. Y también es caro. Y duro, como las tapas. Y frágil, como las hojas. Y lo ha escrito alguien abiertamente desequilibrado. Por todo ello sé que es un libro, no me cabe la menor duda. Y un peligro: el lector se arriesga a creerse desequilibrado y querer escribir su propio libro, pintar su propio cuadro o componer su propia música. Ahora ya sé por qué es el libro del año: solo alguien muy desequilibrado podría hacerte creer que el próximo será el tuyo.

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Me dice la gente que ahora (que dejo de trabajar) tengo la oportunidad de dedicarme a lo que de verdad me apasiona. Si supieran lo que de verdad me apasiona no me animarían tanto. Aún me sorprendo a mí misma pensando en lo feliz que soy dedicándome a nada.

Sé pintarme las uñas de las dos manos y usar un martillo. Una vez salí de una rotonda de seis carriles. Tengo una carrera, un máster y otro en ciernes, dos idiomas, un don para las croquetas y otro para las plantas. Pero hoy, hoy he puesto el primer y el peor pañal de la democracia.

La diferencia entre tu madre y tu pareja es que a la primera es a la única que le interesan todas las estupideces que les cuentas.

No hace mucho hablábamos Vicente y yo de las cosas importantes de la vida sentados a la mesa de la cocina. Hablamos de lo mucho que sabíamos cuando teníamos veinte años y de lo poco que sabemos ahora que tenemos treinta. Nos echamos a reír porque no nos salían las cuentas. ¿Cómo iba yo a saber más hace diez años que ahora? Pero, joder, qué cierto es. Así que dejamos la cocina y nos fuimos a un bar, como cuando éramos jóvenes, a beber cosas de mayores.

Una yaya acaba de aparcar el carrito de su nieto delante del escaparate de una tienda de muebles. La yaya le pone caras al niño, caras de yaya, invitando a la criatura a maravillarse con una mesa de centro en roble macizo de 340 €, una alfombra de lana de 479 € y una chaise lounge de piel de 1.149 €. SEÑORA, una guardería le saldría más barata.

Cuando era pequeña y salía de la ducha, mi madre no me envolvía en la toalla, me restregaba con ella. Yo quería quedarme quieta, agazapada, hacerme de piedra bajo la toalla. Pero mi madre me frotaba como si el agua más que mojar, manchara. “Te vas a enfriar” era su amenaza si me oponía al restregón. Pero tenía razón. Si no me frotaba, el agua, que hacía un instante resbalaba caliente cuerpo abajo, se volvía gota cruda y aminoraba la marcha. Al final se quedaba quieta, la gota, la muy puta, como piedra fría agazapada entre los pliegues de mi piel, haciéndose, haciéndome hielo bajo la toalla. Hoy he salido de la ducha y me he acordado de mi madre. Y de lo alta que era ella cuando yo era pequeña. Y de lo cortas que me vienen ahora todas las malditas toallas.

La resaca es tal y como me la imaginaba. Me he despertado en la cama con R. N se ha despertado en el sofá con P. No sabemos nada de J. Tampoco de E. Es increíble lo que da de sí esta casa. La bolsa de hielo flota en el fregadero. El aire huele a tabaco. La alfombra sigue mojada. Alguien ha puesto una cafetera. Joder, qué frío, que alguien cierre la ventana. Comemos pan tostado entre las sábanas. Ojalá más almohadas. Es increíble lo que da de sí un sofá cama. No tardamos en pedir pizza. R y P se han ido a casa. N y M siguen aquí, bajo las mantas. Fumamos. Charlamos de nada mientras los móviles se cargan. Saco chocolate. Comentamos jugadas. Pongo una lavadora. N se marcha. M y yo seguimos bajo las mantas. Vemos una película de tres horas. Suena un móvil. Suena otro. Suenan a madres y nosotras sonamos a resaca. Termina la película y M que se marcha. La basura, que dice que la baja. Adiós, un beso, hasta mañana. Es increíble lo que da de sí no hacer absolutamente nada.

Cojo un vaso y sirvo hielo, ginebra y tónica. Me siento a la  mesa y bebo. Pongo música. Bebo. No sé cantar, así que bailo. Bailo como si la vecina de enfrente no pudiera verme desde su ventana. Bailo como si el salón de mi casa no midiera lo mismo que un rincón en el salón de la tuya. Sigo bebiendo. Y bailando. Llaman al timbre. Son ellos. He preparado una fiesta. Nada del otro mundo. Nos emborrachamos muy rápido. Y cantamos. Cantamos como si la vecina de enfrente no pudiera oírnos desde su ventana. No celebramos nada pero brindamos. No podemos esperar a tener algo que celebrar. Quizá los despidos, las separaciones y el frío que todavía no han sido pero que serán. Y la resaca, la resaca de mañana. Sí, eso hacemos: brindar.

Hoy he pasado por delante de un policía y de su metralleta. Estaba ahí, el policía, tan tranquilo, con el arma en el regazo, como quien acaricia un gato. Pienso que si yo tuviera una metralleta en las manos, estaría histérica. Pero como la tiene él, solo me he puesto muy nerviosa.